Es un momento extraño este. Vivimos en una crisis que pone Europa en una disyuntiva que se creía externalizada a lejanas periferias del planeta. La salud, la vida, de la enorme mayoría de la población se ve amenazada por los privilegios de una exquisita minoría que aprovecha la crisis como una huida hacia adelante.

El Estado intervencionista hace acto de presencia, de una forma más radical aún que en 2008, generando una solución rentista a la crisis y abriendo un nuevo ciclo de endeudamiento, cómo sostiene Iolanda Fresnillo, al salir al rescate de empresas y terratenientes inmobiliarios a la vez que endeudando a inquilinos e inquilinas. La salida rentista se radicaliza al cuadrado cuando ante la falta de ingresos por este rescate vemos a los países mediterráneos exigir el mismo mal al que condenan a sus pueblos. El endeudamiento como solución a la falta de ingresos y ante la negativa a recortar gastos militares o financieros, tal como supondría una moratoria seguida de una quita de la deuda, como plantea la Argentina de Alberto Fernández.

Ante este panorama sorprende el optimismo catastrófico de los que ven en el estallido del coronavirus el gran acontecimiento que derrotará al neoliberalismo. Esta perspectiva tiene su reverso en el cinismo fatalista del que Trotsky solía decir, en su estilo cáustico, que “las discusiones sobre el descorazonamiento reflejan generalmente el descorazonamiento de los observadores mismos” (1980 [1931]: 74). Ambos estados de ánimo renuncian a la política sea a la espera de que pase algo, sea por el deseo de que no pase nada.

Por esto, en un momento como este resulta importante recuperar el pensamiento político de Nicos Poulantzas; uno de tantos griegos exiliados en Francia por culpa de la dictadura de los Coroneles en Grecia (1967-1974).

Poulantzas, teniendo en mente los cambios que veía en su país natal pero también en su país de acogida, la Francia sacudida por el golpe de Estado de De Gaulle en 1959, trató de analizar las características de los estados de excepción que se construían al calor de la oleada autoritaria de los 60. Ya que esa oleada estallaba en la Italia de los años de plomo, en los estados de excepción de una dictadura franquista que ya era un régimen de excepción en sí mismo, en las guerras coloniales del Portugal de Salazar en Angola y Mozambique, en la ocupación militar de Irlanda del Norte por parte del Estado inglés… Pero también en otras partes, con las guerras de Argelia y Vietnam, además del ciclón de golpes de Estado en América Latina con los golpes en la República Dominicana en 1963, en Ecuador, Bolivia y Brasil en 1964, en la Argentina en 1965. Lo que lleva a René Zavaleta a hablar de una etapa de disolución de “las experiencias populistas representativas”, a la que sigue un ciclo de “constitución de los regímenes autoritarios”, representando para Zavaleta una erupción de “hegemonía negativa” fruto del autoritarismo estatal de excepción (ver en 2015 [1982]: 291-320).

La hegemonía negativa de Zavaleta y el autoritarismo de excepción de Poulantzas trataban de pensar este proceso por el cual el pacto social de posguerra labrado en Europa y América Latina estaba siendo desmontado con una represión estatal que buscaba derrotar manu militari los sustentos sociales y políticos de esos pactos. Por eso, Poulantzas interpretó que todo aquello era el inicio de una contraofensiva oligárquica para poner fin a los equilibrios de fuerzas, los pactos sociales y las conquistas logradas hasta el momento. De ahí su interés en el período de entreguerras de los 20 y 30 y en las distintas formas de estado de excepción salidas de las crisis económicas y políticas.

Poulantzas publicará en 1970 Fascismo y dictadura: La III Internacional frente al fascismo” con el fin de pensar una estrategia política que evite los errores de las izquierdas de entreguerras y permita vencer la contraofensiva elitista y autoritaria de los 60.

A pesar de que Poulantzas no haya visto su obra reeditada, creo que estos motivos son razón suficiente para recuperar a este teórico de una política emancipatoria en tiempos de crisis. Más en un momento en que necesitamos, por una parte, una política defensiva frente al autoritarismo de excepción y, por otra parte, una política económica contracíclica frente a la crisis.

El método de lo histórico para el pensamiento estratégico

En los últimos tiempos se ha producido un mecanismo analítico que rechaza tanto el análisis histórico como el análisis de las estructuras de poder. Ello conduce a una suspensión sistemática de la estrategia en aras de un tacticismo que espera el advenimiento milagroso de un acontecimiento en el cual se nos dice que con las adecuadas herramientas de comunicación política y de marketing discursivo se podría producir de la nada una articulación de demandas adheridas a un sujeto popular expectante a ser a interpelado.

Este esquematismo abstracto evidentemente poco tiene que ver con el materialismo discursivo de Laclau[1] (2015 [1977]) y mucho menos con los conceptos estratégicos con los que Gramsci quería esbozar modos de vencer y ganar al adversario, de acuerdo con Massimo Modonesi.

De hecho, recuerda bastante al mecanicismo evolucionista de la II Internacional y su manera de pensar lo político como un desarrollo en el que las condiciones de posibilidad para la acción y el cambio dependen de cualquier cosa menos de las personas. O incluso al esquematismo de ciertos dirigentes de la III Internacional que pensaban que Rusia era el modelo universal de transformación y el resto de los escenarios políticos nacionales meras probetas de laboratorio en las que implementar la fórmula patentada.

Poulantzas aducía por ello que este optimismo catastrófico consistente en esperar sentados el gran momento iba acompañado de una despolitización de lo económico. Fenómeno que en los inicios de la crisis de 2008 fue criticado justamente por su carácter pos-político, esto es, como operación ideológica para justificar los recortes sociales, las políticas de endeudamiento y desposesión como si de meras técnicas neutrales se tratara[2].

Junto a ello, el optimismo catastrófico desestima el carácter victorioso de la ofensiva neoliberal de 2008-2012 y su conexión histórica con la onda larga de los 60 y 70. Ya que en el caso de los países mediterráneos, aunque también de los de Europa del Este, la inserción dependiente en la Unión Europea es la causa de la desindustrialización, de la crisis fiscal, del intercambio comercial desigual entre centro alemán y periferias mediterráneas y por tanto de la dependencia de inversiones y prestamos públicos y privados del centro a la periferia. Ello explica la jerarquía económica, política y estatal existente en la UE y en su estructura económica y monetaria con las consecuencias que Costas Lapavitsas resumía sumariamente así:

“Esta jerarquía está vinculada principalmente a la dominación de Alemania, tanto sobre las otras economías del centro como sobre las de las periferias. A causa de sus instituciones, sus normas y su funcionamiento, la UEM [Unión Económica y Monetaria europea] ha permitido a Alemania adquirir un considerable predominio en materia de competitividad, una balanza comercial con enormes excedentes, y una posición privilegiada como acreedor por excelencia. Sobre esta base, Alemania se ha convertido en la nación dominante en el seno de la UE y en la fuerza hegemónica en Europa.”[3]

Incluso una victoria electoral no cambia en absoluto la situación a la defensiva en la que se encuentra un bloque de poder contra-hegemónico. No por casualidad Syriza ganó las elecciones de 2015 con un programa económico-político, el Programa de Salónica, bajo el lema de paliar la crisis humanitaria y reconstruir el Estado del Bienestar.

Baste recordar la humillación a la que sometieron a Yorgos Papandreu, primer ministro griego socialdemócrata, Sarkozy y Merkel por tener el desliz de anunciar un referéndum sobre la deuda y el segundo memorándum. Y que luego habríamos de ver sufrir en el propio Tsipras a lo largo de 2015 y especialmente tras el referéndum del 5 de julio sobre el tercer memorándum.

El mejor ataque es una buena defensa

Por ello, la necesidad de tener en cuenta en política la “disimetría irreductible de la ofensiva y de la defensiva” (Poulantzas, 1973 [1970]: 80). Es más, toda concepción estratégica que verdaderamente lo sea “está fundada sobre esta distinción” (Poulantzas, 1973 [1970]: 81).

En el caso del retroceso defensivo la dinámica consiste en que “está marcado por la estrategia del adversario, es decir, por su ofensiva estratégica” (Poulantzas, 1973 [1970]: 81). En su momento, aunque la socialdemocracia de entreguerras tuviera la mayor parte de responsabilidad por su incapacidad de dar respuestas contra-cíclicas a la crisis económica y a la emergencia social, además de su connivencia con la judicialización de la política y la deriva policíaca, la izquierda representada por la III Internacional no dejaba de tener su parte.

Como señala Poulantzas la concepción según la cual “desintegración económica=ofensiva del proletariado” confundía una crisis de dirección de las elites dominantes con un síntoma de debilidad (1973 [1970]: 84).

Las acciones conservadoras de la propia socialdemocracia, el giro autoritario de las derechas clásicas y el advenimiento de la extrema derecha de tipo fascista no estaban aventurando “una confesión de debilidad de la burguesía sino una consagración, para mucho tiempo, de su fuerza.” (Poulantzas, 1973 [1970]: 84)

La puesta en práctica de una economía de guerra, de un keynesianismo militar a efectos prácticos, no fue sino el modo concreto por el cual se estableció la intervención del Estado en la economía con vistas a superar la excepcionalidad y a establecer aquello como el nuevo orden de las cosas. Y es que el estado de excepción capitaneado por las extremas derechas de entreguerras tenía una clara finalidad, como pronto habrían de descubrir desde Austria hasta Grecia, desde Francia hasta la Rusia soviética.

“Es el que no quiere hablar de imperialismo quien debería también callarse en lo que al fascismo se refiere” dirá Poulantzas en respuesta al axioma de Horkheimer según el cual quién no quiera hablar de capitalismo no debería atreverse a hablar de fascismo (Poulantzas, 1973 [1970]: 7).

Todo lo que siempre quisiste saber sobre el Estado de excepción y nunca te atreviste a preguntar

¿Pero cuáles son los elementos que dan lugar a una crisis tal como para que haya sectores sociales que demanden un Estado de excepción?

Para Poulantzas este proceso crítico, aunque dé lugar a distintos tipos de Estado de excepción-no es lo mismo Primo de Rivera que Mussolini ni la dictadura franquista que la dictadura griega de los coroneles- ha compartido ciertos epicentros sísmicos:

1) El Parlamento como escenario de lucha política legítima reconocida por el Estado y los bloques de poder deja de ser el principal lugar de disputa de poder.

2) Tiene lugar un proceso de disociación entre el poder real y el poder formal.

3) A la vez que se da una progresiva sustitución de los partidos por grupos de presión.

4) Giro tecnocrático de los métodos de gobierno a la par de emisiones ideológicas para justificar y transformar el rol del Estado: “El lado tecnocrático de la ideología imperialista se manifiesta de manera creciente, con la insistencia en la “técnica” y los “especialistas”, en el Estado “técnico” neutro, en el “capitalismo organizado” (Poulantzas, 1973 [1970]:114)

5) Suspensión de la distinción jurídica de lo privado y de lo público obedeciendo a una reorganización del poder en sus “formas diferenciales de funcionamiento” (Poulantzas, 1973 [1970]: 360) que convierte en papel mojado lo jurídico porque ni el sistema jurídico ni sus aparatos judiciales son suficientes para gestionar la crisis de autoridad.

6) Centralización y concentración del poder en unas pocas ramas del Estado, en la que se da una primacía de una de ellas y esta da forma al régimen de excepción específico (Poulantzas, 1973 [1970]: 372-373).

7) La hegemonía negativa de Zavaleta aparece también en Poulantzas como un proceso por el cual la represión no sólo se intensifica sino también la ideología que la anima. Y la ideología autoritaria toma forma y contenidos en función de cuál sea la rama estatal protagónica; el militarismo si se trata del ejército, la judicialización si se trata de la magistratura…etc. (Poulantzas, 1973 [1970]: 373-374).

La distinción pues de los distintos tipos de régimen de excepción tiene que ver con este proceso de reorganización del Estado y los protagonismos que en él se den (Poulantzas, 1973 [1970]: 375). Por ejemplo: el protagonismo del ejército sería el fundamento de las dictaduras dirigidas por una burocracia militar mientras que en el caso del bonapartismo se trataría de un autoritarismo dirigido por autoridades y administraciones civiles[4].

Lo importante, sin embargo, es que todo este proceso entraña que la ofensiva del adversario consigue convertir la situación defensiva del campo democrático y popular en una situación catastrófica salpicada de un proceso de derrotas.

Ofensiva que busca el aislamiento del contrario, su división interna, su parálisis efectiva y su desmovilización consiguiendo encerrarlo en el campo económico-corporativo mientras la lucha por el poder es más política que nunca. Ya que si “una derrota puede igualmente significar una batalla no entablada en el momento propicio” la característica distintiva de la derrota catastrófica es sobre todo lo siguiente:

“Una derrota de la clase obrera no puede medirse simplemente porque haya fracasado en su propósito de tomar el poder del Estado -”en hacer la revolución”-, (…), sino igualmente porque no haya sabido imponer, en una crisis declarada, objetivos políticos ‘posibles’ -que no llegan eventualmente hasta una toma del poder de Estado- implícitos en una estrategia a largo plazo.” (Poulantzas, 1973 [1970]: 156)

Trotsky en sus análisis sobre Alemania formuló una perspicaz y lúcida línea defensiva, como le reconocen Laclau y Poulantzas, basada en una política de alianzas en defensa de las libertades y derechos que el Partido Comunista Alemán despreciaba como “burguesas o reformistas”:

“Uno puede ponerse de acuerdo con el diablo, con su abuela e incluso con Noske y Grzesinky. Con la única condición de no atarse las manos.” (1980 [1932]: 83) […] “Los compromisos son admisibles y, bajo ciertas condiciones, obligatorios. Toda la cuestión reside en cuál sea el objetivo, a que servirá el compromiso, cómo lo considerarán las masas; cuáles son sus límites.” (1980 [1933]: 226)

Teniendo claro, por cierto, que: “Un acuerdo es un acuerdo. Dura en tanto sirve al fin para que se concluyó” (Trotsky, 1980 [1933]: 229). Por este motivo, Trotsky recomendaba a la izquierda alemana no confundir la política defensiva con una política legalista y constitucionalista, para eso ya existía el reaccionario Tribunal Supremo, sino por el contrario, en lugar de defender la Constitución de Weimar, aconsejaba llegar a compromisos para “llamar a la defensa de las posiciones materiales e intelectuales que la clase obrera ha conquistado ya en el Estado alemán.” (1980 [1930]: 26). Para de este modo, frente a los partidos de la “desesperación contrarrevolucionaria”, oponer un “partido de la esperanza revolucionaria” (Trotsky, 1980 [1930]: 15).

El confederalismo defensivo en España

Algo de lo que en España era bien consciente toda una generación de dirigentes, a diferencia de Alemania o de Italia, como Pestaña, Peiró, Seguí, Maurín, Companys o Macià. Los dirigentes de la fuerza que había de ser el motor del cambio social, constitucional y estatal lo tenían bien claro. Como en el caso del caballero de la Triste Figura, según el apodo de Seguí:

“Frente a una fuerza hay que oponer otra. Frente a un movimiento regresivo, otro progresivo. Frente a una captación de todas las fuentes de la libertad y del progreso de las derechas, hay que oponer una rotunda y bien orientada oposición de las izquierdas que impida esa captación que se pretende.” (en Lera, 1978: 231)

Ángel Pestaña,que, según su biógrafo político, “cuando se trataba de trabajar para el derrumbamiento de la monarquía, se mostraba siempre enérgico y decidido” (Lera, 1978: 228), definía así el rumbo a seguir para la más importante fuerza popular del momento:

“Nuestra misión es ambientar el país contra la Monarquía y la Dictadura y sería una gran torpeza nuestra desechar a los desengañados de Primo de Rivera y de Alfonso XIII” (en Lera, 1978: 228)

Propuesta política a la que no eran indiferentes personalidades como Macià o Companys. Companys en aras de trabar una alianza entre clases medias y trabajadoras, entre fuerzas nacionales progresistas y movimientos sociales y sindicalistas, le diría a la CNT:

“Si os creéis con fuerzas para hacer la revolución social, hacedla, yo no voy a ser un estorbo. Si comprendéis que en esta hora la única revolución posible es una evolución política radical que os dé amplio margen para vuestras propagandas societarias, ayudadme.” (en Lera, 1978: 267-268)

Ello nacía de una clara conciencia de lo que había supuesto la dictadura bonapartista de Primo de Rivera y su desforestación del bosque cooperativo, asociativo y sindical existente. Y a la vez teniendo claro cuáles eran las fuerzas destructoras del momento en lugar de agitar fantasmas donde en un principio no los había, como habría de hacer la izquierda alemana de entreguerras:

“Es absolutamente exacto que el espectro del fascismo o de la dictadura se agita con frecuencia, y no solamente por las fuerzas declaradas de derecha, con el fin de frenar el impulso revolucionario de la clase obrera y de las masas populares. Conócense las diversas formas que puede revestir este chantaje del fascismo: el fascismo puede así convertirse, incluso para las fuerzas de izquierda, en un fantasma puramente apologético.” (Poulantzas, 1973 [1970]: 426)

Trotsky con su ácido estilo lo diría aún más claro. Señalando, además, el problema de confundir en cada etapa cuál es el principal rival:

“con sus repetidos errores y derrotas, la dirección del partido comunista se ha desacostumbrado a las perspectivas y objetivos ambiciosos. Ayer subestimaba sus propias posibilidades; hoy subestima de nuevo las dificultades: Un peligro se ve así multiplicado por el otro.” (1980 [1930]: 13-14) […] “La sobreestimación del fascismo por la dirección comunista ha dado origen a una de las causas del reforzamiento posterior de aquél.” (1980 [1930]: 16)

Aunque muchos elementos de análisis de Poulantzas se han quedado fuera del tintero, creo que lo esencial de su análisis sobre la crisis y del Estado de excepción ha quedado expuesto con suficiente claridad como para poder terminar este artículo con un repaso a las más recientes dinámicas existentes en España.

Una larga marcha hacia el autoritarismo elitista prolongado

Ya que lo llamativo en España ha sido el desarrollo desigual y combinado de un régimen “plurinacional” de excepción. Es decir, en determinados momentos el Estado español ha aplicado, a modo de contención, un estado de excepción a nivel territorial; con particular intensidad en el País Vasco desde la implantación del Plan ZEN (Zona Especial Norte) en 1983 para imponer una legislación de contrainsurgencia con el desarrollo incluso de grupos paramilitares, la persecución judicial exhaustiva e incluso llegando a la prohibición de partidos con la Ley de Partidos de 2002 (ÓBroin, 2015 [2004]: 87). Una intensificación tal que según cuenta ÓBroin sólo en:

“El año 2000 fue testigo de más de 700 detenciones por motivos políticos, que resultaron en 200 personas encarceladas y 800 personas multadas por participar en manifestaciones ilegales. Los organismos de derechos humanos contabilizaron 81 denuncias de tortura.” (2015 [2004]: 129)

En el caso catalán a partir del 1 de octubre de 2017 se desató una campaña de represión civil, administrativa y policiaca, de dimensiones incluso mayores por concentrarse en un espacio de tiempo más corto.

Tal persecución judicial y policial también ha sido aplicada selectivamente en Andalucía. En concreto con la mira puesta en el Sindicato Andaluz de los Trabajadores. Convirtiendo así al SAT en “el sindicato más reprimido de Europa, con 700 miembros imputados, 900.000 euros en multas y condenas a prisión que suman 400 años”, como explicara Diagonal.

La crisis del coronavirus no significa por sí sola el estallido de un estado de excepción autoritario generalizado. Sin embargo, el plan oligárquico de salida a la crisis al ir acompañado de medidas judiciales represivas, también en Madrid dado el caso de Isa Serra, y de una retórica belicista a modo de exigencia de pleitesía y obediencia a las autoridades administrativas y judiciales, señala una indudable intensificación de este proceso.

El desalojo de la Ingobernable es sin duda otro paso de este bonapartismo progresista por el que el gobierno parece intentar someter al orden las instituciones desafiantes. Acción de gobierno que va a la par de la efectiva centralización estatal del poder para responder a la crisis. De hecho, el mismo intento para resucitar los pactos de la Moncloa recuerda a esos fallidos intentos de Italia y Grecia para llevar a cabo los planes de austeridad sin oposición alguna durante la crisis de 2008-2012.

Una política defensiva que pretenda poner fin a la emergencia social en lugar de apelar a la Constitución del 78, de eso ya se encarga la judicatura, debiera aliarse con aquellos que apuestan por la Renta Básica Universal, el Plan de Emergencia Social y la huelga de alquileres. Quizás esta sea la única manera de conquistar una alianza republicana de distintos sectores sociales y de las izquierdas nacionales y madrileñas capaz de vencer al autoritarismo centralista y tecnocrático que hace de la deuda su estrategia rentista a modo de nueva acumulación por desposesión.

Jorge Moruno recordaba hace poco a propósito de Lenin que “nadie como la brújula de Lenin para intentar hacernos una idea sobre lo que supone pensar la política en tiempos convulsos”. Siendo esto completamente cierto, esta genialidad de Lenin se concretaba en una articulación defensiva democrática y confederal, a pesar de toda lejanía geográfica, con tal de que esta brújula fuera una tribuna popular:

“que sabe reaccionar ante toda manifestación de arbitrariedad y opresión, dondequiera que se produzca y cualquiera que sea el sector o la clase social que afecte; que sabe englobar estas manifestaciones en un cuadro único de brutalidad policial y explotación capitalista; que sabe aprovechar el hecho más pequeño para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas” (en Cliff, 2011 [1975]: 108).

Albert Portillo es afiliado al Sindicato de Inquilinas e Inquilinos y doctorando en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.

Referencias

Cliff, Tony. Lenin: La construcción del partido (1893-1914), El viejo topo, Barcelona, 2011 [1975].

Laclau, Ernesto. “La especifidad de lo político” en Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo, Siglo XXI, Madrid, 2015 [1977], pp. 53-88.

Laclau, Ernesto. “Fascismo e ideología” en Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo, Siglo XXI, Madrid, 2015 [1977], pp. 89-164.

Lera, Ángel Mª de. Ángel Pestaña: retrato de un anarquista, Argos, Barcelona, 1978.

ÓBroin, Eoin. Matxinada: historia del movimiento juvenil radical vasco, Txalaparta, Nafarroa, 2015 [2004].

Poulantzas, Nicos. Fascismo y dictadura: La III Internacional frente al fascismo. Siglo XXI, Madrid, 1973 [1970].

Trotsky, León. “El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania” en La lucha contra el fascismo: el proletariado y la revolución, Editorial Fontamara, Barcelona, 1980 [1930], pp. 11-30.

Trotsky, León. “Alemania, la clave de la situación internacional” en La lucha contra el fascismo: el proletariado y la revolución, Fontamara, Barcelona, 1980 [1931], pp. 63-76.

Trotsky, León. “Por un frente único obrero contra el fascismo” en La lucha contra el fascismo: el proletariado y la revolución, Editorial Fontamara, Barcelona, 1980 [1932], pp.77-85.

Trotsky, León. “El único camino” en La lucha contra el fascismo: el proletariado y la revolución, Fontamara, Barcelona, 1980 [1933], pp. 201-249.

Zavaleta, René. “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial” en La autodeterminación de las masas, ed. Luis Tapia, CLACSO-Siglo XXI, Buenos Aires, 2015 [1982], pp. 291-320.


[1]La antología de Laclau contiene, de hecho, dos ensayos que están en la discusión con Poulantzas y su concepción tanto del Estado como de la crisis y de los Estados y regímenes de excepción.

[2] Como retrataba aquí Errejón, Íñigo. “¿Qué es el análisis político? Una propuesta desde la teoría del discurso y la hegemonía”, Revista Estudiantil Latinoamericana de Ciencias Sociales, volumen 01 2011-2012, pp. 1-16.

[3]Lapavitsas, Costas. “Un centro y dos periferias: las consecuencias de la hegemonía alemana en la Unión económica y monetaria”, publicado en Viento Sur [online] el dos de julio de 2019. Disponible aquí: https://vientosur.info/spip.php?article14951

[4] Siendo el caso del fascismo el de una estatalización de un funcionariado civil que conforma un aparato ideológico y represivo, la policía política, que dirige el Estado de excepción (Poulantzas, 1973 [1970]: 375).

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